Tuesday, September 15, 2015

Lección 5: Los mejores recuerdos nunca están en cajas.

Después de mi primer día de clases en la Universidad de Oviedo, fui al apartamento de mis abuelos españoles. Cuando llegué, un olor increíble me recibió. Fue una mezcla del olor de las cebollas salteadas para la pasta, y de las patatas fritas. Vagué a la cocina, inspirando profundamente con cada paso. “Ay, ¿qué cocinas, Eloina? ¡Huele fantástico!” dije a mi abuela española.
La tortilla española en la casa de Eloina y Lucio.
            Ella sonrió y señaló al tazón de huevos batidos al lado de la sartén. “Es tortilla española,” dijo. Quince minutos después, descubrí que ese nombre traduce a “una pieza del paraíso sobre de una plata.” Tortilla española es básicamente un omelet que no está doblado, y que contiene patatas y cebollas cocinadas con el aceite y la sal. Después de sólo un bocado, dije que había encontrado mi comida española favorita.
            Cuatro semanas después, tuve mis exámenes finales y regresé a la casa de Eloina y Lucio para celebrar con un almuerzo de tortilla. Como había prometido, Eloina me esperaba. Cuando llegué a la cocina, ella me dijo que yo cortara las patatas mientras que ella prepara los huevos. Yo nunca había visto a alguien cocinando como éste. Eloina hizo un círculo con su pulgar e índice para mostrar el tamaño de las piezas de patata. Con un poder casi psíquico, sólo añadió la cantidad necesaria de sal, no más.
Cocinando mi primera tortilla en mi casa.
            “Cuando lo haces muchas veces, no necesitas medir los ingredientes,” me dijo mientras derramar los huevos en la sartén. “La comida es mejor cuando obedeces sus instintos.” Después de comer, Eloina me ayudó a escribir una receta para la tortilla. La receta tenía instrucciones como, “No demasiada sal” y “Pone un poquito de aceite en la sartén.”
            Un año después de esa tarde en Oviedo, todavía cocino la tortilla española.
            España y su comida fantástica me enseñaron muchas lecciones importantes. Pero esta lección, para mí, era la más crucial. Un póster de Guernica y una bandera asturiana pueden representar memorias brillantes. Pero los objetos no pueden compararse ni a esas memorias, ni a los relatos (y recetas) que llevas cuando regreses a su propio país. Mi verano en España me enseñó, más que cualquier otro viaje, que los mejores recuerdos nunca están en cajas.

Monday, August 17, 2015

Lección 4: Debes cuestionar sus propias opiniones.

Calamares fritos en Madrid.
Nunca me he gustado los mariscos. Tampoco me gusta comer las cosas que parecen como eran cuando vivían. Esta lista de criaturas incluye una parte importante de la dieta asturiana: los calamares. Por eso, cuando mi abuela española nos dio “un plato de calamares” a mi madre española y a mí, yo estaba un poco preocupada. Mi preocupación se empeoró cuando vi el plato esa noche.
            Era hecho de arroz y de calamares salteados enteros. Cada calamar era de color violeta y gris, y era el tamaño de un ajo. Traté de ignorar los ojos de los calamares.
            Cuando mi madre española y yo comemos, la apariencia de vida de los calamares no era un problema. En realidad, me los gustó. La costa del norte de España es un viaje de sólo 30 minutos de Oviedo, así los calamares estaban frescos. También habían sido perfectamente cocinados: eran ni demasiado duros ni demasiado blandos. Solucioné el problema con los ojos por doblar los calamares boca abajo.
            Pero la idea de comer los tentáculos todavía me hizo incómoda. Se encorvaban atrás de cada calamar y pude ver las ventosas que eran el tamaño de las cabezas de alfiler. Una parte de mi mente pensaba que los tentáculos iban a mover. Corté los tentáculos de un calamar y los empujé al lado de mi plato. Esperaba que pudiera evitar comerlos sin parecer maleducada.
            Mi madre española se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo. Sonrió y dijo, “¿Por qué no comes los tentáculos? Son la mejor parte. Son muy tiernos y salados.”
            Traté de explicar mi problema con cosas que parecen vivas, sin éxito. Mi madre española nunca había oído de eso, y pensaba que era muy extraño y gracioso. Finalmente dijo, “Anda, come tus tentáculos.”
El arroz negro (arroz cocinado con tinta de calamares), Oviedo.
            Esa fue una oración que no oigo todos los días, y me inspiró. Cerré mis ojos y puse los tentáculos en mi boca. Eran exactamente como mi madre española había dicho: salados, tiernos y deliciosos. Las ventosas estallaron mientras las masticaba, como los caramelos americanos “Pop Rocks.” Muy pronto el resto de los calamares y sus tentáculos se habían puestos a sus compañeros.
            Esos calamares fueron algunos de los mejores maestros que tuve en España. Para preparar para mi viaje, había tratado de gustar los mariscos por comerlos. Esta estrategía no funcionó. Por eso, fui a España pensando que probaría cualquiera cosa que mi familia me dio, pero no me lo gustaría. El plato de calamares de mi abuela española demostró que si los mariscos sean bien preparados, los gustaré. Comer mis tentáculos fue una lección importante sobre las opiniones: debes cuestionarlas, especialmente si sean tus propias.
            El epílogo: La próxima vez que vi los calamares de tamaño de ajos (vivos esta vez) mientras nadaba en Belice, pensé, “Mmm, ya es la hora para el almuerzo.”

Monday, June 29, 2015

Lección 3: Cuando estás en Roma…

Las primeras copas de sídra, Oviedo
Nuestra primera mañana en Oviedo, la capital de Asturias, era fresca e insólitamente asoleada. Mi profesor nos dirigió por el centro histórico de Oviedo y nos dijo que nuestro recorrido iba a terminar a la Calle Gascona, una calle famosa. Cuando volteamos a la izquierda desde la calle grande Víctor Chávarri, el olor dulce de manzanas le estremeció a mi nariz. La Calle Gascona era una calle pequeña con una inclinación muy empinada, y fue pavimentado de ladrillo negro. Las sidrerías, restaurantes con una especialización de sidra asturiana, bordeaban ambos lados de la calle.
            Con una sonrisa, mi profesor nos dijo que iba a comprar nuestras primeras copas de sidra. Miré a mi reloj y fue las 12:30, y yo nunca había bebido alcohol tan temprano. Pero cuando miré a las mesas afueras que ya estaban llenas de personas, recordé mi actitud escogida hacia viajar. Cuando estás en Roma, haz lo que hacen los romanos.
            Llegamos a la sidrería y nuestra mesera llevó una bandeja tan grande como dos platos. Estaba llena de botellas verdes de sidra que centellaban en la luz del sol. Yo miraba con mucha sorpresa mientras nuestra mesera demostró la técnica correcta de echar y beber la sidra. Agarró una de las botellas muy altamente de su cabeza y un chorro de líquido de color ámbar se cayó en la copa. La mesera no derramó ni una gota. Inmediatamente de echar la copa, bebió la cosa entera de un trago. Me puse nerviosa: nunca había bebido un chupito de nada.
A la casa de mis abuelos españoles
            La mesera me dio una copa de sidra. Mientras contemplar la bebida, repetí en mi mente el modismo: Cuando estás en Roma, haz lo que hacen los romanos. Respiré profundamente, incliné mi cabeza y bebí mi copa entera como había hecho la mesera. La sidra burbujeaba alegremente mientras la tragué y hizo picor de mi garganta. Era un poco amarga, pero el sabor de las manzanas era más fuerte que cualquier otro. Pensé que la sidra era absolutamente deliciosa y cuando todas las estudiantes en el grupo la habían probado, yo fui la primera persona que pedí otra copa. Tuve otros encuentros con la sidra durante mi viaje, incluso la vez que mi abuelo español me dijo que yo bebía la sidra como una asturiana. También aprendí cómo “echar los culínes” de sidra antes del fin del viaje.
            Por la mayoría de mi vida, no entendía totalmente la ventaja de ser parte de su entorno. Pero probar la sidra en Asturias me ayudó a ver la lógica del modismo de “Cuando estás en Roma.” Experimentar la sidra como debe ser experimentado la hizo una cosa muy nueva para mí. Además de eso, beber la sidra como un local fue una pieza pequeña del patrimonio regional de Asturias. La sidra probó que “hacer lo que hacen los romanos” da una vista especial de la comunidad que visitas.

Tuesday, May 12, 2015

Lección 2: Haz un gran esfuerzo de fe.

           Nuestro mesero nos enumeró una lista larga de platos de los que podíamos escoger. Entendí la mayoría de los nombres, pero había uno cuyo nombre no podía traducir: carrilleras. Pregunté a mi profesor si supiera lo que eran las carrilleras. Miró a las otras estudiantes y susurró en mi oreja, “No quiero decirlo. Es probable que todas las estudiantes van a pensar que es asqueroso.”
            “Puedes decirlo a mí,” contesté, pero mi profesor me dijo que no iba a decir nada hasta que yo hubiera comido el plato. Yo estaba curiosa y dije al mesero con confianza que quería las carrilleras. Mientras que el mesero salió la estudiante a la derecha me preguntara qué yo había pedido. Cuando le dije que no estaba completamente segura, me miró con mucha sorpresa y dijo, “Así, ¿vas a comer algo sin saber lo que es?”
            “Sí,” contesté alegremente.
            20 minutos después llegaron mis carrilleras. Cuatro trozos de carne estaban en mi plato, empapados en una salsa marrón rica. Admito que tenía un poco de un presentimiento ominoso cuando aticé a la carne con mi tenedor. Piezas pequeñas de la carne deslizaron inmediatamente del trozo, un signo bueno. Comí un poquito, y tocó a mi lengua la carne más tierna que había comido en toda mi vida. Pareció a derretir el momento que llegó a mi boca. Dentro de cinco minutos un trozo entero había desaparecido, y todas en mi zona de la mesa habían probado la carne deliciosa.
Carrilleras de ternura, Madrid
            Mientras que empecé con el segundo trozo, mi profesor llegaba y me preguntó si me gustara las carrilleras. Dije sí y le pregunté si ahora me pudiera decir qué eran. Su sonrisa aumentó y dijo, muy alto para que toda la mesa oyera, “Son las mejillas de una vaca.” Todas las estudiantes en mi zona rieron (yo también) y continuamos comiendo la carne.

            Las carrilleras me enseñaron algo importante. No tenía ninguna idea qué eran y quería saber, y por eso las pedí. Al final de mi viaje me di cuenta que las carrilleras fueron uno de mis platos españoles favoritos. Es posible que no las habría probado si hubiera sabido qué eran antes de comerlas. Las carrilleras me demostraron que a veces, es mejor no hacer preguntas y hacer un esfuerzo de fe. Esas acciones pueden llevar una persona a comida verdaderamente maravillosa.

Thursday, May 7, 2015

Lección 1: Nunca debes subestimar la sencillez.

          No podía creer lo que veía. Platos y platos de comida llegaban a la mesa de mi grupo. Habían halos enormes de pan ligero y desconchado, y triángulos del manchego. Habían tazones de aceitunas españolas de verde brillante, mezcladas con cebollas perlas y escabeches pequeñísimos. Habían huevos y patatas fritos, carne tirado rico, círculos de berenjena frita y espárragos a la parrilla. Nunca había visto tanta comida en solo una mesa, ni en una cena china. Tomé un poco de todo y todos los platos tenían un sabor rico. Toda la comida era deliciosa.
La ensalada mixta de mi madre española.
            Pero el plato por lo que regresé para más no era ni las patatas ni las aceitunas. Fue la ensalada mixta. Esta frase, como aprendí durante mi viaje, refiera a cualquier tipo de ensalada fría. La ensalada de la Taberna Toscana consistió en los tomates y las cebollas blancas, remojados en aceite de olivas y vinagre blanco. Era un plato sencillo, pero hizo que mis papillas del gusto bailaran. Creo que comí al menos cinco porciones de esa ensaladita.
            Tuve varios encuentros con la ensalada mixta durante mis cinco semanas en España. Habían muchas variaciones, desde platos básicos de lechuga y tomates hasta ensaladas complejas hechas del maíz, atún y aceitunas españolas finas. Pero cada ensalada era sencilla de la manera más encantadora. Normalmente una ensalada mixta no tenía más que 6 ingredientes y no encontré ni una vez el aliño. El “aliño” de España era el aceite, el vinagre blanco y la sal. Lo mejor era que todos los vegetales eran tan frescos como si habían cogidos de un jardín el mismo día en lo que los comí.
            Tengo memorias buenas de muchos platos españoles, de varios niveles de la complejidad. Pero la ensalada mixta es un plato que recuerdo con mucho cariño. Son platos modestos, pero ese carácter esconde una explosión de los sabores y la frescura. Ensalada mixta es una prueba viviente que, a veces, las cosas más sencillas puede inspirar los encantos mejores.

Tuesday, April 28, 2015

Introducción

Afuera de la ciudad de Toledo
           La comida. Es una de las características principales de un lugar. Es posible decir que, a veces, la comida puede ser la característica más importante. Durante el verano de 2014 visité un lugar en lo que la comida es uno de los aspectos cruciales de la cultura: España. Pasé cinco semanas en Madrid y en Oviedo, el capital de la región noroeste de Asturias. Visité a museos y caminé por sendas hermosas de las montañas. Toqué mi guitarra sobres las esquinas animadas de Madrid y completé mi concentración menor en el español con clases de la Universidad de Oviedo.
           Pero mi actividad más importante fue comer. Sabía que España valora la comida buena y ¡no quería perder la oportunidad de experimentar ese aspecto de la educación cultural! Había prometido a mi misma que comería todo lo que estaba en mi plato, sin preguntas, al menos hasta que hubiera terminado mi comida. Esta promesa me llevó a algunos platos verdaderamente fantásticos y poco corrientes. La lista incluye la tortilla española, la sidra asturiana y bocadillos de calamares (elaboraré un poco más tarde…).
           Los platos fascinantes, sin embargo, no son mis únicas memorias de la comida española. Cada comida nueva que probé inspiró un cuento. Además, en muchas ocasiones, una pequeña lección vino con cada plato. Las lecciones que llevé a mi casa desde España valen a todos aspectos de la vida, no solo a la comida.
            Así, este blog es una retrospectiva, una celebración un año después de la comida de España y lo que me enseñó. ¡Buen provecho!