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| Calamares fritos en Madrid. |
Nunca
me he gustado los mariscos. Tampoco me gusta comer las cosas que parecen como
eran cuando vivían. Esta lista de criaturas incluye una parte importante de la
dieta asturiana: los calamares. Por eso, cuando mi abuela española nos dio “un
plato de calamares” a mi madre española y a mí, yo estaba un poco preocupada.
Mi preocupación se empeoró cuando vi el plato esa noche.
Era
hecho de arroz y de calamares salteados enteros.
Cada calamar era de color violeta y gris, y era el tamaño de un ajo. Traté de
ignorar los ojos de los calamares.
Cuando
mi madre española y yo comemos, la apariencia de vida de los calamares no era
un problema. En realidad, me los gustó. La costa del norte de España es un
viaje de sólo 30 minutos de Oviedo, así los calamares estaban frescos. También
habían sido perfectamente cocinados: eran ni demasiado duros ni demasiado
blandos. Solucioné el problema con los ojos por doblar los calamares boca
abajo.
Pero
la idea de comer los tentáculos todavía me hizo incómoda. Se encorvaban atrás
de cada calamar y pude ver las ventosas que eran el tamaño de las cabezas de
alfiler. Una parte de mi mente pensaba que los tentáculos iban a mover. Corté
los tentáculos de un calamar y los empujé al lado de mi plato. Esperaba que
pudiera evitar comerlos sin parecer maleducada.
Mi
madre española se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo. Sonrió y dijo, “¿Por
qué no comes los tentáculos? Son la mejor parte. Son muy tiernos y salados.”
Traté
de explicar mi problema con cosas que parecen vivas, sin éxito. Mi madre
española nunca había oído de eso, y pensaba que era muy extraño y gracioso.
Finalmente dijo, “Anda, come tus tentáculos.”
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| El arroz negro (arroz cocinado con tinta de calamares), Oviedo. |
Esa
fue una oración que no oigo todos los días, y me inspiró. Cerré mis ojos y puse
los tentáculos en mi boca. Eran exactamente como mi madre española había dicho:
salados, tiernos y deliciosos. Las ventosas estallaron mientras las masticaba,
como los caramelos americanos “Pop Rocks.” Muy pronto el resto de los calamares
y sus tentáculos se habían puestos a sus compañeros.
Esos
calamares fueron algunos de los mejores maestros que tuve en España. Para
preparar para mi viaje, había tratado de gustar los mariscos por comerlos. Esta
estrategía no funcionó. Por eso, fui a España pensando que probaría cualquiera
cosa que mi familia me dio, pero no me lo gustaría. El plato de calamares de mi
abuela española demostró que si los mariscos sean bien preparados, los gustaré.
Comer mis tentáculos fue una lección importante sobre las opiniones: debes
cuestionarlas, especialmente si sean tus propias.
El
epílogo: La próxima vez que vi los calamares de tamaño de ajos (vivos esta vez)
mientras nadaba en Belice, pensé, “Mmm, ya es la hora para el almuerzo.”


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