Después
de mi primer día de clases en la Universidad de Oviedo, fui al apartamento de
mis abuelos españoles. Cuando llegué, un olor increíble me recibió. Fue una
mezcla del olor de las cebollas salteadas para la pasta, y de las patatas
fritas. Vagué a la cocina, inspirando profundamente con cada paso. “Ay, ¿qué cocinas,
Eloina? ¡Huele fantástico!” dije a mi abuela española.
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| La tortilla española en la casa de Eloina y Lucio. |
Ella
sonrió y señaló al tazón de huevos batidos al lado de la sartén. “Es tortilla
española,” dijo. Quince minutos después, descubrí que ese nombre traduce a “una
pieza del paraíso sobre de una plata.” Tortilla española es básicamente un
omelet que no está doblado, y que contiene patatas y cebollas cocinadas con el
aceite y la sal. Después de sólo un bocado, dije que había encontrado mi comida
española favorita.
Cuatro
semanas después, tuve mis exámenes finales y regresé a la casa de Eloina y
Lucio para celebrar con un almuerzo de tortilla. Como había prometido, Eloina
me esperaba. Cuando llegué a la cocina, ella me dijo que yo cortara las patatas
mientras que ella prepara los huevos. Yo nunca había visto a alguien cocinando como
éste. Eloina hizo un círculo con su pulgar e índice para mostrar el tamaño de
las piezas de patata. Con un poder casi psíquico, sólo añadió la cantidad
necesaria de sal, no más.
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| Cocinando mi primera tortilla en mi casa. |
“Cuando
lo haces muchas veces, no necesitas medir los ingredientes,” me dijo mientras
derramar los huevos en la sartén. “La comida es mejor cuando obedeces sus
instintos.” Después de comer, Eloina me ayudó a escribir una receta para la
tortilla. La receta tenía instrucciones como, “No demasiada sal” y “Pone un
poquito de aceite en la sartén.”
Un
año después de esa tarde en Oviedo, todavía cocino la tortilla española.
España
y su comida fantástica me enseñaron muchas lecciones importantes. Pero esta
lección, para mí, era la más crucial. Un póster de Guernica y una bandera asturiana pueden representar memorias
brillantes. Pero los objetos no pueden compararse ni a esas memorias, ni a los
relatos (y recetas) que llevas cuando regreses a su propio país. Mi verano en
España me enseñó, más que cualquier otro viaje, que los mejores recuerdos nunca
están en cajas.

