Monday, August 17, 2015

Lección 4: Debes cuestionar sus propias opiniones.

Calamares fritos en Madrid.
Nunca me he gustado los mariscos. Tampoco me gusta comer las cosas que parecen como eran cuando vivían. Esta lista de criaturas incluye una parte importante de la dieta asturiana: los calamares. Por eso, cuando mi abuela española nos dio “un plato de calamares” a mi madre española y a mí, yo estaba un poco preocupada. Mi preocupación se empeoró cuando vi el plato esa noche.
            Era hecho de arroz y de calamares salteados enteros. Cada calamar era de color violeta y gris, y era el tamaño de un ajo. Traté de ignorar los ojos de los calamares.
            Cuando mi madre española y yo comemos, la apariencia de vida de los calamares no era un problema. En realidad, me los gustó. La costa del norte de España es un viaje de sólo 30 minutos de Oviedo, así los calamares estaban frescos. También habían sido perfectamente cocinados: eran ni demasiado duros ni demasiado blandos. Solucioné el problema con los ojos por doblar los calamares boca abajo.
            Pero la idea de comer los tentáculos todavía me hizo incómoda. Se encorvaban atrás de cada calamar y pude ver las ventosas que eran el tamaño de las cabezas de alfiler. Una parte de mi mente pensaba que los tentáculos iban a mover. Corté los tentáculos de un calamar y los empujé al lado de mi plato. Esperaba que pudiera evitar comerlos sin parecer maleducada.
            Mi madre española se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo. Sonrió y dijo, “¿Por qué no comes los tentáculos? Son la mejor parte. Son muy tiernos y salados.”
            Traté de explicar mi problema con cosas que parecen vivas, sin éxito. Mi madre española nunca había oído de eso, y pensaba que era muy extraño y gracioso. Finalmente dijo, “Anda, come tus tentáculos.”
El arroz negro (arroz cocinado con tinta de calamares), Oviedo.
            Esa fue una oración que no oigo todos los días, y me inspiró. Cerré mis ojos y puse los tentáculos en mi boca. Eran exactamente como mi madre española había dicho: salados, tiernos y deliciosos. Las ventosas estallaron mientras las masticaba, como los caramelos americanos “Pop Rocks.” Muy pronto el resto de los calamares y sus tentáculos se habían puestos a sus compañeros.
            Esos calamares fueron algunos de los mejores maestros que tuve en España. Para preparar para mi viaje, había tratado de gustar los mariscos por comerlos. Esta estrategía no funcionó. Por eso, fui a España pensando que probaría cualquiera cosa que mi familia me dio, pero no me lo gustaría. El plato de calamares de mi abuela española demostró que si los mariscos sean bien preparados, los gustaré. Comer mis tentáculos fue una lección importante sobre las opiniones: debes cuestionarlas, especialmente si sean tus propias.
            El epílogo: La próxima vez que vi los calamares de tamaño de ajos (vivos esta vez) mientras nadaba en Belice, pensé, “Mmm, ya es la hora para el almuerzo.”